Los peces endémicos de agua dulce en Chile: vidas invisibles bajo la corriente

Chile alberga alrededor de 47 especies nativas de peces de agua dulce, de las cuales al menos 34 son endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar del mundo. A esa diversidad se suman más de 25 especies introducidas, entre ellas la trucha café, el salmón atlántico y la carpa, que han sido liberadas o cultivadas por actividades productivas. Estas especies advenedizas compiten con las nativas por alimento y espacio, alterando profundamente los ecosistemas acuáticos.

Pocas veces pensamos en lo que ocurre bajo la superficie de un río. Sin embargo, allí transcurre una historia silenciosa y milenaria: la de los peces endémicos de agua dulce de Chile. Desde lagunas altiplánicas a estuarios australes, estas especies, únicas en el mundo, han aprendido a sobrevivir en ambientes cambiantes, muchas veces extremos. Y lo han hecho sin hacer ruido, sin llamar la atención.

En las alturas del norte, donde el agua es escasa y la sal se acumula en costras blancas en lagos como el Chungará, Orestias agassizii sobrevive a la radiación solar intensa y a inviernos implacables. Su reproducción, ajustada al rigor del altiplano, ocurre en fondos protegidos, con embriones que se desarrollan rápido para aprovechar cada ventana de vida. Su dieta es modesta: pequeños invertebrados y algas, pero suficiente para persistir.

Mucho más al sur, en las aguas rápidas del centro del país, se esconde entre las piedras el bagre chico (Trichomycterus areolatus). Con apenas 10 cm de largo, es casi invisible. Caza insectos acuáticos y deposita sus huevos en rincones seguros del lecho. Rara vez se deja ver, pero su presencia es un signo de buena salud ecológica.

En las cuencas del Biobío y el Andalién vive la carmelita de Concepción (Diplomystes nahuelbutaensis), un pez relicto que pertenece a un linaje muy antiguo de bagres sudamericanos. Es nocturna, de cuerpo robusto y ojos grandes, y se cree que deposita sus huevos entre ramas y piedras. Muy poco se sabe sobre ella, y eso la hace aún más vulnerable.

También en esos ríos habita la Carmelita común (Percilia gillissi), de cuerpo alargado y boca hacia arriba, adaptada para alimentarse de insectos que caen en la superficie. Aunque es activa durante el día, suele mantenerse cerca del fondo, en remansos. Es una nadadora ágil, y su ciclo de vida aún guarda varios misterios.

Y en ríos que terminan en el mar, aparece el puye (Galaxias maculatus), un pez delgado y traslúcido, cuya vida es un viaje. Nace cerca de la costa, migra río arriba para crecer, y luego regresa a desovar. Es parte esencial de la cadena alimenticia, aunque pocos lo conozcan.

Todas estas especies comparten algo más que su discreción: son frágiles. Viven en sistemas aislados, sensibles al deterioro. Las represas, la contaminación, la pérdida de conectividad y las especies exóticas las amenazan a diario.

Conocerlas no es solo cuestión de ciencia: es una forma de ver y valorar lo que aún nos queda por descubrir bajo nuestras propias aguas.

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