Viajar a la Antártica es mucho más que una aventura: es ingresar a un sistema vivo y silencioso que se extiende por más de 14 millones de km², cubierto casi en su totalidad por una capa de hielo que en algunos sectores supera los 4.000 metros de espesor. Bajo esa superficie helada late un ecosistema único, con cadenas alimentarias simples pero profundamente interdependientes. Y cada visitante, por más leve que sea su huella, se convierte en parte de esa trama.
Hoy existen formas de visitar este continente de manera regulada y educativa, especialmente desde Punta Arenas o Ushuaia, mediante cruceros polares de bajo impacto. Operadores certificados por la IAATO, como Antarctica21, Quark Expeditions y Oceanwide Expeditions, ofrecen travesías de entre 10 y 20 días por la Península Antártica y las islas subantárticas. Las actividades incluyen caminatas sobre hielo, navegación en zodiac, avistamiento de fauna y charlas científicas a bordo.
En este paisaje blanco y aparentemente inhóspito, la vida se organiza con precisión. Los krill antárticos forman la base de la red trófica: alimentan a peces, aves marinas, focas y ballenas. Su biomasa es gigantesca y su productividad está estrechamente ligada a la extensión del hielo marino y la floración de fitoplancton. Los pingüinos, al anidar en grandes colonias, fertilizan el suelo con su guano, lo que promueve el crecimiento de ciertas especies de líquenes, musgos y algas terrestres, esto ha sido documentado en áreas costeras donde las colonias son estables por años.. Las ballenas regulan la distribución del krill al migrar y alimentarse, y sus excrementos conocidos como “la bomba de hierro de las ballenas” enriquecen las aguas con nutrientes esenciales. Todo ocurre en un delicado equilibrio, donde la temperatura, la luz y el hielo marcan el ritmo.
Pero también hay riesgos. El cambio climático está debilitando las plataformas de hielo y afectando la distribución del krill. La presión turística crece: más de 100.000 personas visitan la Antártica cada año, y aunque la mayoría lo hace bajo normas estrictas, el impacto acumulado preocupa a la comunidad científica.
Por eso, el turismo en la Antártica debe ser algo más que una experiencia estética. Es una oportunidad para observar sin intervenir, para aprender sin alterar, para comprender que incluso el continente más remoto depende, en parte, de nuestras decisiones.

